3er. CICLO DE CONFERENCIAS
EL PATRIMONIO EDIFICADO DE LIÉBANA

CÉSAR GUTIÉRREZ FERNÁNDEZ /ARQUITECTO

Jornadas Arquitectura 1 2“Antiguamente, toda la comunidad participaba en al creación de las viviendas y de los utensilios que empleaban. Cada individuo tenía un contacto fructífero con esas cosas; las casas anónimas se construían con un sentimiento natural hacia el lugar, los materiales y el uso, y el resultado era de un encanto sumamente adecuado”.

Steen Eiler Rasmussen
(“La experiencia de la arquitectura”, 1958).

( Hay que poner en cuarentena lo del “sentido natural hacia el lugar ”… Pero hace cuarenta años todavía se creían esas cosas.)

Como responsable técnico de algún que otro desatino en la materia, hubiera resultado más apropiado que la Sociedad Económica me encomendara hablaros de los procesos de deterioro y sustitución de las edificaciones tradicionales, tema que desarrollo en la primera entrega de este ciclo Leonardo Puértolas.

Pero, para no hacer sangre, sólo me han encargado hablar de la parte buena (o al menos más aséptica), o sea, de las edificaciones que conforman o conformaban los asentamientos tradicionales de Liébana hasta “el advenimiento de la civilización y el progreso” (que dirían “Les Luthiers”) hace apenas tres o cuatro décadas, una vez que Eduardo Ruiz de la Riva nos ilustró hace un par de días sobre el origen, desarrollo y tipología de los núcleos de población en Liébana.

Cuando se habla de “patrimonio edificado” es habitual pensar en valiosos edificios religiosos o civiles: iglesias, castillos, torres, palacios, casonas, etc. Sin embargo, como puede deducirse del título, ante la necesidad de acotar un campo tan amplio, yo me voy a centrar en un patrimonio más humilde, pero, en mi opinión, no menos importante, aunque esté excluido de los inventarios artísticos y monumentales al uso. Me refiero, a la arquitectura doméstica rural, a la casa como célula básica de las aldeas lebaniegas y como unidad de convivencia y de producción de la economía campesina hasta la quiebra del modelo tradicional.

Por esa limitación autoimpuesta he titulado esta charla “Casas de Liébana”. Podría haberla llamado “La casa lebaniega”, concepto al que se refieren algunos autores, pero al no estar nada claro que exista tal casa, como un modelo que se repite sistemáticamente, prefiero hablar de “Casas de Liébana”. Lo que digo tendremos ocasión de comprobarlo con la ayuda de unas cuantos fotos que nos permitirán analizar, aunque sea someramente, distintos ejemplos de edificaciones domésticas y agropecuarias tradicionales de Liébana, y compararlos con los que existen en otros valles de Cantabria.

En buena parte de Cantabria sí existe, por el contrario, un modelo de casa “proyecto ideal e imaginario que se materializa e individualiza en cada obra concreta, que ha asegurado la calidad de nuestra arquitectura rural hasta principios de este último siglo” [S. XX], en palabras de Eduardo Fernández-Abascal y Florentina Muruzabal (“La casa rural en Cantabria”, 1.987). Se trata de la conocida como “casa montañesa”, cuyo origen y evolución desde la baja Edad Media hasta el siglo XX ha estudiado detalladamente Eduardo Ruiz de la Riva en su tesis doctoral (“Casa y aldea en Cantabria. Un estudio sobre la arquitectura del territorio en los valles del Saja-Nansa”, 1.991), y cuyo ejemplo más conocido es la casa de dos plantas con solana y soportal, una casa rural que se adosa con facilidad y que forma las agrupaciones en hilera características de muchos pueblos de los valles centrales de Cantabria.

¿Existe ese tipo de “casa montañesa” en Liébana? Tendremos ocasión de comprobarlo viendo las diapositivas, pero ya adelanto que su presencia es escasa y tardía, y prácticamente inexistente la de las agrupaciones en hilera. Me voy a ocupar ahora brevemente de la “casa lebaniega” según la caracterizan diversos especialistas que se han referido a ella en este siglo.

La “casa lebaniega”

Sobre la supuesta “casa lebaniega” existen, como digo, algunos estudios más o menos sistemáticos, pero, en realidad, ninguno con profundidad. La casi total ausencia del soportal y la escasez de muros cortavientos; la menor importancia de la solana o corredor, el patín o escalera exterior de acceso a la planta alta; los hornos adosados o empotrados en las fachadas de los edificios; el empleo del ladrillo y del adobe junto con otros materiales más habituales en el resto de Cantabria, como la piedra, la teja árabe y los entramados de madera, la abundancia de “sardos” o “sietos” (entrelazados de varas de avellano), son algunas de las notas señaladas por los especialistas para caracterizarla…

Sin duda, las fuertes pendientes en las que con frecuencia se realizan los asentamientos son una condición bastante determinante de los edificios, y originan soluciones singulares, aprovechando la posibilidad (y necesidad) de practicar entradas a distintos niveles, posibilidad especialmente utilizada en las cuadras y pajares para facilitar las labores de descarga de la hierba y la ceba del ganado.

El corral, delimitado por una cerca de piedra practicable a través de una portilla o portalada, y la era son espacios anexos frecuentes en la unidad de producción formada por vivienda, bodegas, establos y pajares, estrechamente vinculados a los cultivos tradicionales en la comarca. Pero existen también importantes edificios de uso agropecuario independientes de esa unidad morfológica que, como parte fundamental del tejido de los núcleos históricos, tendremos ocasión de comentar como se merecen.

Las diferentes altitudes, condiciones climáticas y materiales constructivos que existen en Liébana, constituyen otros tantos factores a considerar para explicar los diferentes tipos de arquitecturas domésticas. Entre la parte baja del Valle de Cillorigo (Lebeña, Castro o el Concejo de San Sebastián) y los pueblos más altos de las cabeceras del sur y oeste de la comarca (Caloca, Dobres, Dobarganes o Pido), existen desniveles en torno a los 700 metros, que necesariamente implican diferencias constructivas y arquitectónicas.

El estatus social y económico es, inevitablemente, otro factor claramente diferenciador entre los distintos edificios domésticos. El tamaño y la calidad constructiva son algunos de sus exponentes más evidentes, por no hablar de los escudos de armas, que aunque en ocasiones no se corresponden con el poder económico, expresan siempre una más o menos rancia hidalguía, haciendo honor a lo que se dice en “El Diablo Cojuelo”: “Aunque seamos zapateros de viejo, en siendo montañeses, todos somos hidalgos”.

Antes de pasar a proyectar las diapositivas me interesa hacer un breve repaso de las distintas publicaciones que se ocupan de la arquitectura rural lebaniega, a las que después me referiré en la proyección:

-“Arquitectura rural montañesa de la provincia de Santander. Estudios de viviendas y modos de vida”. Servicio de Arquitectura de FET y de las JONS. (Años treinta). Publicado por Isabel Ordieres Díez en “La vivienda rural en Cantabria. Un estudio durante la Autarquía” (Santander, 1.998).

Recoge dos de ejemplos de casas de Espinama, dos de Pido y uno de Valdeprado, de los cuales sólo se conserva una casa de Espinama y otra, muy degradada, en de las de Pido, mientras que la de Valdeprado ha sufrido una modificación radical.

(Los planos están reproducidos en el libro “Liébana y Picos de Europa”, de Manuel Pereda de la Reguera (1.972), sin citar procedencia.)

-“Arquitectura popular española”, volumen 2 (Madrid, 1973), de Carlos Flores.

Se ocupa de pasada de una casa de Valdeprado (la misma que el estudio de FET y de las JONS) y un par de edificios de Espinama. Con mayor ligereza se refiere a Avellanedo, Frama, Potes, Camaleño, Turieno, Cosgaya, Las Ilces y Pido, al parecer sin apearse del coche. Sin embargo, de Potes dice: “Pese a ser desde hace tiempo pueblo concurrido por el turismo, conserva ejemplares de diversos tipos de casa popular que permiten formarse una idea del enorme interés que ofrecería hace medio siglo”.

-“Itinerarios de Arquitectura Popular española”, Tomo 2 (1.975), de Luis Feduchi.

Con dedicación similar a la del libro de Carlos Flores comenta varias fotos de edificios de Espinama y Potes.

-“Arquitectura popular en Cantabria. Tipologías y situación actual” (1.986), de Juan Carlos García Codrón y Pedro Requés Velasco.

Define varios tipos de casa en Cantabria, además de la consabida “casa montañesa” (casa de dos plantas con solana y soportal), de los cuales cito a continuación los que existen en Liébana:

- Casa con solana y estragal (“zaguán abierto”), que es, dicen, la construcción más característica y original de la arquitectura rural de Cantabria: la “casa montañesa” mencionada anteriormente.

- Casa con balcón corrido en voladizo. (Este es el más abundante en Liébana).

- Casa con galería acristalada.

- Casa con planta abuhardillada.

-“Dibujos y comentarios sobre Arquitectura Montañesa Popular”, (1.992), de Alfonso de la Lastra Villa.

Esboza una teoría sobre la supuesta “Casa lebaniega” original (con fachada en el hastial) y rastrea sus vestigios en la actualidad. Aporta, entre otros dibujos propios de casas de Liébana existentes con fachada en el hastial, planos de una casa de Cambarco, desaparecida en el año 1.960, que para él es el mejor exponente de la auténtico modelo de la casa lebaniega, más o menos generalizable a gran parte de la Europa atlántica. Todo ello no pasa de una mera hipótesis sin demasiado desarrollo…

-“Antropología del pueblo lebaniego”, dentro de la publicación “Año Santo Lebaniego (2.000), de Eloy Gómez Pellón.

Se refiere a varios tipos de casa en Liébana:

- Viejas viviendas con fachada en el hastial, “reminiscencia de otras más antiguas de una sola planta”.

- Casas con patín.

- Casas con escalera interior.

Hace notar la importancia que tiene el corredor en las casas de Liébana, con “presencia mucho mayor de lo que a menudo se le atribuye”.

El precioso legado de la arquitectura tradicional debe servir de estímulo y substrato cultural para intervenir en el presente mirando hacia el futuro, nunca como modelo a reproducir mimética y acríticamente. Los pastiches sólo pueden ser caricatura de nuestro valioso patrimonio edificado. Un mínimo respeto a esa herencia cultural nos debería obligar a esforzarnos para tratar de estar a la altura, haciendo, desde el conocimiento y el respeto por el pasado, nuestra aportación original para las generaciones venideras.

En el mismo sentido, y para terminar, quiero hacer una cita para ilustrar el espíritu con el que, al menos yo, me acerco al venerable patrimonio edificado del que hablamos, no sea que el bosque de imágenes nos impida ver lo fundamental. En relación con la preocupación actual de muchos profesionales (arquitectos, urbanistas y, paisajistas,…) por la degradación del paisaje, escribía hace unos meses el arquitecto y publicista Luis Fernández-Galiano lo siguiente, que, en mi opinión, es plenamente aplicable al tema de la arquitectura rural tradicional, componente fundamental, al fin y al cabo, del paisaje lebaniego:

“Quizá la mejor manera de intervenir en la cacofonía ambiental (…) sea a través de las pautas perezosas y sabias de la naturaleza: frente a la ley de hierro de la economía, la ley de tierra de la ecología. Esa ley natural, sin embargo, es muy artificial: la ecología del paisaje es ecología humana, la ley del lugar es la norma de los que lo habitan, y el genius loci resulta al cabo del pacto de las gentes. El recurso intelectual y emotivo al orden arcaico de la tierra desvía la atención de las leyes voluntarias que construyen el paisaje: su medicina no es panacea sino placebo.
(……)

“A medida que se desdibujan los límites entre la ciudad y el campo, desflecando las tramas del tejido urbano y contaminando con construcciones azarosas los espacios abiertos del ámbito rural, el paisaje se transforma en una amalgama incierta y heteróclita gobernada por las leyes cambiantes del beneficio y la oportunidad, y este naufragio consentido alimenta el fervor por lo que desaparece”.

Luis Fernández-Galiano
(“La ley de la tierra”, EL PAÍS, 12 de mayo de 2.001).

Sólo me resta desear que ese fervor por lo que desaparece nos sirva para tratar de conocer mejor este frágil patrimonio edificado que es la arquitectura rural, para respetarlo y conservarlo en la medida de lo posible, y para tomarlo como inspiración y estímulo en la búsqueda de claves para diseñar el futuro. Si consiguiéramos sustituir lo que desaparece por otros inmuebles de la misma calidad, el cambio no sería, en definitiva, tan mal negocio.

Potes, 19 de octubre de 2.001.
Casa de Cultura de la Fundación Fredo Arias de la Canal.

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