No podía ser de otra manera: el lebaniego más universal es un oscuro monje del siglo octavo, Beato de Liébana, autor de un Comentario al Apocalipsis que se convirtió en el libro de mayor éxito de la España altomedieval, y que, gracias a la riqueza y originalidad del programa iconográfico de las miniaturas que ilustran los distintos códices, conocidos precisamente con el nombre de “beatos” (fundamental para entender el desarrollo posterior de la pintura y la escultura románicas), disfruta de merecida fama y unánime reconocimiento.
Pero la dimensión artística no agota, ni mucho menos, el interés del personaje. Para muchos estudiosos, tanto el tema elegido por Beato y su tratamiento, como el considerable esfuerzo realizado por los humildes monasterios del norte peninsular para poseer un ejemplar de los Commentaria, trascienden con mucho la mera inquietud escriturística o estética. Porque si bien es verdad que la precaria situación de los núcleos cristianos del incipiente reino astur-cántabro (si es que propiamente se puede hablar de tal) explica el recurso a un libro como el Apocalipsis, que tiene su origen y razón de ser en el necesidad de alentar la esperanza de los primeros cristianos ante las primeras persecuciones romanas, en opinión de la mayoría responde igualmente a una voluntad política de enraizamiento o invención de una nación, frente al poder del emir cordobés.
En tal sentido se pronuncia José Jiménez Lozano en su Guía espiritual de Castilla, donde textualmente afirma:
“de Liébana, y a propósito de la glosa teológico-política que Beato hace del Apocalipsis, partirá un doble movimiento liberador: un movimiento militar contra el poder islámico y un movimiento religioso de ortodoxia integral y monolítica que estaba en el corazón mismo de lo mozárabe como defensa del acoso cultural islámico y seña de identidad cristiana”.
Y en la misma perspectiva, más recientemente, Jon Jauristi, en el ensayo El reino del ocaso. España como sueño ancestral, considera los Commentaría de Beato de Liébana el primer libro plenamente español:
“(…) fue este texto sagrado [el Apocalipsis de Juan] que sostuvo y animó la lucha de los cristianos españoles contra el Islam a lo largo de toda la Edad Media, y el que inspiró, en los orígenes mismos de la Reconquista, el primer libro plenamente español: los Commentaria de Beato de Liébana. Español, porque fue pronto copiado en todos los reinos cristianos de la Península, creando entre ellos un fuerte vínculo y haciendo nacer una comunidad imaginada. Una nación.”
El mismo propósito cabe descubrir en la polémica adopcionista sostenida entre Beato y su discípulo Eterio, obispo de Osma, contra el metropolitano de Toledo Elipando. Esa doctrina tenía origen en el intento de erradicar un error dogmático en el que se había implicado hasta el legado de Carlomagno encargado de poner orden, y mantenía que Cristo, en cuanto hombre, era sólo hijo adoptivo del Padre. Cuando Beato, desde la apartada Liébana, salió en defensa de la ortodoxia, hubo de sufrir el zarpazo del orgullo herido del primado toledano. Pero la respuesta no se hizo esperar.
Beato, con el apoyo al menos nominal de la autoridad episcopal del joven Eterio, contraatacó con un texto apasionado y duro, el Apologeticum, que, al margen del grueso lenguaje, fue una ocasión impagable para la promoción del monje lebaniego ante la corte de Aquisgran, y con él del incipiente reino asturiano, gracias al trato con Alcuino, uno de los principales asesores del emperador, y al desarrollo y la solución final de la controversia adopcionista por parte de la corte imperial en el concilio de Frankfurt, donde triunfaron las tesis defendidas por Beato.
Pero tanto el alcance del Apolegeticum como el de los Commentaría no se agota en el plano teológico. Y aunque sólo indirectamente sea posible adjudicar a Elipando el famoso insulto de “testículo del Anticristo”, al menos entre líneas es posible establecer cierto paralelismo entre las figuras apocalípticas de la Gran Babilonia o la Gran Ramera y el poder del emirato cordobes, y por extensión con la sede metropolitana de Toledo in partibus infidelium, máxime cuando su titular, Elipando, era reo de herejía. En cualquier caso, todo ello redundaba en prestigio y autoridad, tanto religiosa como política, para el marginal núcleo cristiano resistente del norte peninsular, y le dotaba de apreciables cartas de presentación para establecer vínculos de amistad y cooperación con el naciente Imperio Romano-Germánico de Occidente.
Si, como todos los indicios señalan, fue Beato el autor del himno litúrgico O Dei verbum, texto en el que se afirma por vez primera que Santiago el Mayor fue el evangelizador de Hispania, y cuyo acróstico inicial reza: “Oh rey de reyes, escucha al piadoso rey Mauregato, defiéndele y protégele con tu amor”, el papel jugado por el monje lebaniego cobra de nuevo un relieve especial. La búsqueda de un patrón de campanillas como este Hijo del Trueno para el insignificante reino tramontano pone de manifiesto la desproporcionada dimensión de la empresa iniciada por Beato, cometido que encontrará cumplida continuación con la invención de la tumba del Apóstol en Compostela durante el reinado de Alfonso II.
En definitiva, cabe concluir con Joaquín Yarza Luaces (Beato de Liébana. Manuscritos iluminados) que
“Beato no fue un modesto monje encerrado en las inaccesibles montañas de Cantabria. Por el contrario poseyó una notable cultura religiosa, una gran capacidad para enfrentarse y discutir. Intervino activamente en la política religiosa y en la profana y, quizás, vislumbró la necesidad de dotar de signos de identidad al que pretendía ser un reino cristiano con todo lo que correspondía y que se encontraba aún en una etapa de infancia”.
César Gutiérrez Fernández, contenidos para la sección de Ocupación Humana
en el Centro de Interpretación del Parque Nacional de Los Picos de Europa.